CONSULTA FILOSOFÍCA INDIVIDUAL

Hoy en día, si preguntamos a cualquier ciudadano corriente qué entiende por filosofía, probablemente pensará en aquella asignatura que se estudia en el bachillerato o la universidad, es decir, predomina en su mente la concepción teórica y académica de la filosofía.

Pero resulta que en sus inicios, la filosofía consistía en practicar un método que te encaminaba a una forma de vida más sabia y por tanto más feliz. Felicidad entendida como serenidad, libertad y consciencia.

Distintos filósofos llevan ya unos años trabajando para recuperar esta dimensión práctica de la filosofía que aborda los problemas personales del individuo. No se trata ya de conocer el mundo sino de ayudar al ser humano a vivir.

Este es el objetivo de la consulta filosófica, pero ¿Cómo se alcanza este objetivo?

La consulta o asesoramiento se da entre dos personas: el filósofo consultor y el consultante. Se establece entre ellos un diálogo, pero este diálogo ni es un simple intercambio de opiniones ni es una exposición de teorías por parte del filósofo ni se trata de una suerte de desahogo por parte del asesorado.

El diálogo se basa en el método socrático, pero, ¿qué significa esto?

Si te suena Sócrates sabrás que era un griego que se dedicaba a hacerle preguntas a todo aquel que se cruzase en su camino. Si no te suena de nada quédate con la idea de que era un tipo molesto precisamente porque no tenía ningún problema en hablar y cuestionar todo aquello que su sociedad daba por supuesto. Te diré que además fue condenado por esta actividad. No era conveniente despertar la consciencia del ciudadano porque entonces no se le podría dominar fácilmente.

Una serie de reglas o instrucciones se deben tener en cuenta y respetar para que realmente suceda lo que yo llamo experiencia de pensamiento. El método se asemeja a un interrogatorio policial. El filósofo consultor hace el papel de poli, cuestionando continuamente al interlocutor, buscando que éste sea capaz de pensar cosas que no creería pensar, confrontándole para descubrir alternativas que no se han tenido en cuenta antes y que pueden facilitar la existencia.

Es un proceso exigente.

Lo primero que el filósofo debe preguntarte es el motivo por el que estás ahí, en su consulta. Puede que te interese saber algo acerca de ti mism@, puede que quieras resolver un conflicto personal o que te inquiete la muerte; a consulta puedes llevar cualquier cuestión que se te ocurra.

Parece algo insignificante, pero hay una dificultad real para responder este tipo de cuestiones y es lo poco habituados que estamos a hacerlo. Se trataría de no contentarse con simulacros de respuesta que se dicen casi de manera automática para no tener que pensar.

Durante la consulta aparecen muchas primeras respuestas automáticas, por lo que el proceso de interrogación debe comenzar cuanto antes para revelar los presupuestos contenidos en estas respuestas y determinar si se aceptan o no. Esto provocará la aparición de algunas ideas que la persona tiene y por las que se puede sentir condicionada.

Es importante distinguir entre este trabajo y el psicoanálisis. El psicoanálisis necesita conocer el fondo de nuestro pensamiento. La práctica filosófica no necesita saber qué te sucede o cómo ha sido tu vida, busca más bien cómo es tu sistema de pensamiento para que te hagas consciente y dueño de él.

A propósito de esto, el filósofo debe detectar si su interlocutor manifiesta problemas psicológicos que no se pueden tratar a través de su práctica, y entonces derivarlo al profesional correspondiente. Es decir, la consulta filosófica no tiene como finalidad ser terapéutica, aunque puede llegar a serlo y, sin duda, sus resultados son siempre positivos.

La consulta filosófica vale para pensar lo que no queremos pensar. Muchos diréis que para qué voy a pensar aquello que no quiero pensar. Pensar lo impensable sirve para hacerte consciente de tus condicionamientos conceptuales y psicológicos, sirve para analizar qué es aquello que das por supuesto y conocer tu funcionamiento intelectual y existencial.

Tomar conciencia de esto es darte cuenta de la rigidez de tu pensamiento. Hasta los que nos consideramos abiertos, flexibles, tolerantes, etc., podemos descubrir en esta práctica dónde estamos siendo rígidos y cabezotas.

Hay ideas a las que nos aferramos inconscientemente y solamente el hecho de poder cuestionarlas es una experiencia liberadora. Para hacerlo, el filósofo te pedirá que intentes distanciarte de ellas. Tendrás que mirar tu idea desde lejos y desde arriba para que se produzca un verdadero trabajo reflexivo y sólido.

Te pongo un ejemplo: yo tenía la idea de que las personas no pueden cambiar. Nacemos determinados por unas características que nos distinguen, en un lugar y momento específico que nos condiciona a ser quienes somos y esto no se puede cambiar. Sin embargo, después de pasar por la experiencia de pensar filosóficamente, debo reconocer que darle la oportunidad a la idea contraria, es decir, que las personas podemos cambiar, me da otro margen de acción y además es más real. Si no hay cambio, no puedo hablar de evolución, ni puedo proponerme metas, ni puedo resolver esos problemas que achaco a ser como soy. Es cierto que soy María y que una serie de características me definen y diferencian de los demás, pero no me conviene justificar mis ideas o actos en sentencias como “soy así” o “no puedo cambiar”. Si me quedo ahí no evoluciono, no me adapto y en consecuencia, sufro.

Cada uno de nosotros podemos decidir qué queremos pensar, pero estaría bien hacerlo desde el conocimiento, no desde la conformidad o la inercia.

En la consulta filosófica se trabaja este tipo de experiencia, se aprende a cuestionar, se identifica la tendencia que tienes cuando piensas. Se hace uno consciente de sus conflictos y se reconcilia con ellos.

Para conseguirlo, el filósofo conduce el ejercicio obligándote a dar respuestas concisas. Suele poner delante de ti preguntas que debes resolver con un sí o un no. Trata de que te hagas consciente de las palabras que utilizas.

Esto resulta incómodo, da la sensación de que no te deja expresarte, de que te coarta y te hace elegir entre posibilidades cargadas de matices y dependes.

Precisamente esos matices son los que nos confunden. Los podríamos llamar “ruido”. El filósofo intenta despejar ese ruido durante un rato para que veas tus propias contradicciones, para clarificar qué sucede contigo.

Es un ejercicio que como cualquier otro supone un esfuerzo. El corredor de maratones entrena, sufre y suda para conseguir ser fuerte, resistente, rápido, etc. De la misma manera, aquel que quiere fortalecer su pensamiento y que le resulte útil, deberá esforzarse.

Una de las dificultades que te puedes encontrar, una de las cosas que te hará sudar será darle peso a tus palabras, comprometerte con lo que dices. En este sentido, el filósofo se trasforma en un espejo que te devuelve una imagen de ti mismo que no siempre estamos dispuestos a aceptar. Y lo hará utilizando precisamente lo que dices y cómo lo dices.

Hay cuatro cosas que suceden durante la consulta que nos van a generar frustración: la lentitud, la interrupción, esa obligación de medir las palabras y el sentirnos traicionados por ellas. Por tanto es un ejercicio que debe practicarse con un mínimo de serenidad y si quieres aventurarte en él tienes que tener claro que en ningún caso el consultor te ataca. No hay ataque, por lo tanto no tienes porqué defenderte.

Hasta aquí, he intentado darte una ligera idea de lo que es la consulta filosófica, para qué sirve y cómo se lleva a cabo. Para que no se quede en eso, en una ligera idea, seguiré ofreciéndote contenidos que complementarán esta visión, esta dimensión práctica de la filosofía.

Si lo que quieres es hacerlo, practicarlo, entonces te invito a que te pongas en contacto conmigo y pruebes una primera consulta gratuita.Escríbeme un correo a lafilosofiautil@gmail.com