La ira: un veneno contagioso

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A veces me entran unas ganas tremendas de venir aquí a escribir y compartir lo jodido que está el mundo. Son ocasiones en las que veo, escucho o vivo algo que me cabrea. Mucho.

Siento tanta rabia e impotencia que pienso que todo el mundo debería saber “eso que pasa”, lo ofendida que estoy y la razón que tengo para estarlo.

Suelen ser situaciones que se escapan a mi entendimiento, que lo único que me revelan o lo único que consigo leer en ellas es la más rancia ignorancia, el egoísmo más grosero, la maldad más gratuita.

No soy capaz de mirar a otro lado y siento cómo el veneno de mi ira se va extendiendo por todo mi cuerpo: empieza entre las cejas, que se contraen en un gesto que podría representar al monstruo más terrorífico. Baja entonces hacia mis labios, que se aprietan en un abrazo duro y asfixiante.

El cuello se tensa como si me hubiera puesto alrededor un collar de piedra, la piel se eriza como la de un perro asustado y los puños se cierran como si agarrasen toda la violencia que se despierta en mí y estuvieran dispuestos a lanzarla contra cualquier cosa que en ese momento tuviera delante.

Surge del vientre un dolor sin nombre que no sabe dónde ir y que sube inconsciente hasta la garganta obligando a la mandíbula a abrirse para escupir las más sucias palabras de odio.

Pero ¿de dónde viene ese veneno? ¿Por qué o para qué me lo tomo? ¿Qué consigo sacándolo fuera? ¿Tan necesario es compartirlo?

Podría pensar que el veneno proviene de aquello que he visto, escuchado o vivido y que, como no me parece justo o bueno o perfecto, de un trago me lo bebo para vomitarlo a otros. Visto así, soy hasta generosa por querer compartirlo (nótese la ironía).

Podría pensarlo sí, pero estaría contándome una mentira. El veneno ya estaba en mí, lo que fuera de mí sucede es solo un estímulo con capacidad de activar sus propiedades, de despertar mis demonios internos que, solo yo, podría mantener en calma.

Sacar esta batalla que es mía fuera de mí solo me da una falsa sensación de desahogo, de alivio. Representa la búsqueda de aprobación, de que otros confirmen lo “normal” que es cabrearse tanto por algo.

Podría pensar que no sacar fuera este veneno sería una especie de represión que a la larga me causase mayor dolor; podría pensar que estoy en mi derecho a expresarme; podría pensar que así arreglo algo de este mundo tan jodido.

Sin embargo, sacándolo fuera, lejos de solucionar algo, lo único que conseguiría es inocular mi veneno a otros y volver a bebérmelo yo misma una y otra vez, tantas, como la cantidad de veces que lo cuente, que lo recuerde, que lo reviva.

El veneno de la ira no solo se contagia rápido, sino que además tiene la propiedad de cualquier droga: te vuelves adicto. El hábito de cabrearse es eso, un hábito que nos envenena por dentro y por fuera y nos hace pensar que el mundo está jodido cuando en realidad somos nosotros los que lo estamos.

Por todo esto, cada vez que pienso en venir aquí a volcar mi ira, por mucha razón que crea tener, por muy justo que me pueda parecer que el mundo sepa de aquello que me despertó tanta rabia y con lo que, seguramente, muchos estarían de acuerdo, ni puedo, ni debo, ni quiero encender la luz en esa parte oscura de mí, similar a la parte oscura de cualquiera; porque, como ya dije, sería una falsa ilusión que solo traería más oscuridad.

No significa esto que deba apartarlo a un lado y hacer como si no existiera, todo lo contrario; hay que sentir, observar y aceptar a ese demonio infantil y primitivo que habita en el pecho; darle su espacio y su tiempo para que no sienta la resistencia y se haga más grande y poderoso.

Irse no se va a ir, seguirá tentando con su veneno, así que es mejor encontrar la manera de rechazar con respeto su oferta y agradecerle que esté ahí para enseñarme que el mundo y la realidad es lo que es y no lo que yo creo que debería ser.

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